La provincia de León alberga un patrimonio histórico y artístico que constituye una de sus principales señas de identidad. Con este reportaje iniciamos en InfoLeón una serie dedicada a los Bienes de Interés Cultural (BIC) leoneses, un recorrido por monumentos, conjuntos históricos y espacios que forman parte de la memoria colectiva de varias generaciones de leoneses.
El primer capítulo tenía que tener un protagonista importante dentro de este patrimonio, y como no, es la Catedral de Santa María de Regla, conocida también como la Pulchra Leonina, una obra maestra del gótico cuya silueta domina el corazón de la capital leonesa desde hace más de ocho siglos.
Su construcción se enmarca en uno de los periodos más brillantes del arte gótico en la península ibérica. La edificación de la Catedral de León comenzó a mediados del siglo XIII, en torno al año 1255, impulsada durante el reinado de Alfonso X el Sabio, sobre los restos de antiguas construcciones romanas.
El proyecto avanzó durante varias décadas hasta consolidarse como una obra plenamente gótica. Hacia el año 1300 la catedral ya estaba prácticamente concluida. Su estructura ligera, sus esbeltas columnas y, sobre todo, sus impresionantes vidrieras, consideradas entre las más importantes de Europa, convirtieron a la Pulchra Leonina en un referente arquitectónico único.
Desde entonces, la Catedral de León no solo ha sido un símbolo religioso, sino también un emblema cultural e histórico de la ciudad y la provincia, testigo privilegiado del devenir de la capital leonesa a lo largo de los siglos.
El primer monumento histórico y pionero en la protección del patrimonio
La declaración de la Catedral de León como el primer monumento histórico el 28 de agosto de 1844 fue decisiva, no solo para poner en valor uno de los grandes monumentos del gótico europeo, sino para asegurar su supervivencia. En aquel momento, el templo presentaba serios problemas estructurales que hacían temer por su conservación.
La Pulchra Leonina estuvo al borde de convertirse en un montón de escombros, pues la baja calidad de su piedra de Boñar, combinada con un atrevido diseño gótico que priorizaba el vacío de las vidrieras sobre el soporte del muro, provocó fallos estructurales acumulados desde el siglo XV.
Es entonces cuando el templo leonés comienza un proceso de restauración que la lleva hasta el esplendor que hoy se reconoce en toda España y gran parte de Europa. Este proceso de restauración comenzaría con el Estado asumiendo el control para evitar su colapso, realizando apuntalamientos de emergencia y desmontando elementos peligrosos.
Así se llegaría hasta 1859, cuando de verdad comenzaba un proceso que se extendería 42 años, los mismos que la Pulchra Leonina se mantendría cerrada al público.

El rescate de la piedra: Salvar el templo del colapso inminente
La restauración la comenzó el arquitecto Matías Laviña, quien inició sus trabajos desmontando por completo el hastial de la fachada occidental y sus tres portadas debido al peligro de derrumbe y con el objetivo de recomponerlos al completo.
Sin embargo, Matías Laviña falleció antes de ver avances firmes y en medio de críticas por arriesgar la estabilidad del edificio. En este momento, llega la figura de Segundo De los Heros, quien asumió interinamente la dirección técnica tras la repentina muerte de Matías Laviña, actuando como un puente técnico vital para preparar el terreno a uno de los más reconocidos de esta obra, Juan de Madrazo y Kuntz.
Juan de Madrazo y Kuntz es considerado el "verdadero salvador" de la Catedral de León, pues según explican en el reportaje monográfico 'La Gran Restauración' de la Revista Catedral de León, fue quien ideó un complejo sistema de los encimbrados y andamiajes de las bóvedas y arcos de naves altas, que liberaba de carga a los pilares dañados.
De esta manera y con el monumento ya asegurado, demolió la cúpula barroca que supuso un grave problema para la estructura y que sirvió para recuperar la "pureza" original, basada en el racionalismo gótico francés. Pese a ser considerado el auténtico salvador, su dirección de obra solo duró 10 años y en 1879 fue destituido por los duros enfrentamientos que mantuvo con las autoridades.

La transición diplomática y el rescate intelectual de los vitrales
Tras la abrupta salida de Madrazo la dirección de las obras recayó en 1880 en manos de Demetrio De los Ríos, quien asumió el reto con una visión arquitectónica marcadamente purista y arqueológica. Con un perfil más diplomático, Demetrio De los Ríos restableció las relaciones con el obispo, el cabildo y las autoridades estatales.
En este sentido, la nueva situación garantizó que la financiación pública fluyera de forma ininterrumpida durante la siguiente década. Bajo su dirección de obra se desmontaron varios de los considerados "parásitos" o anexos tardíos que ocultaban la estructura gótica original, llegando a eliminar lo que él mismo consideró "pólipos arquitectónicos".
En lo que respecta a la parte más técnica, Demetrio De los Ríos completó la reconstrucción y cerramiento de las bóvedas de las naves altas que Madrazo había dejado aseguradas, asegurando así la estabilidad del templo, siendo esta la aportación más visionaria de cara al futuro de la Catedral.
En su primera memoria oficial introdujo la urgente necesidad de acometer una intervención integral sobre las vidrieras, remitiendo en 1887 un informe monográfico al Ministerio para advertir del importantísimo valor y del grave peligro de desaparición de las vidrieras.
Tal y como pasó con Matías Laviña, Demetrio De los Ríos falleció en 1892 sin ver completada la obra y en pleno cargo, por lo que esa importancia que había puesto De los Ríos en las vidrieras llegó hasta el 'brazo ejecutor', Juan Bautista Lázaro.

El milagro de la luz: El nacimiento del taller científico
De esta manera, si Madrazo salvó los muros de la catedral, Juan Bautista Lázaro fue el artífice que salvó su alma policromada y materializó el fin de los 42 años de clausura. La mayor hazaña de Juan Bautista Lázaro fue el diseño de una disciplina científica de restauración de las vidrieras medievales y renacentistas, un hito pionero en España.
Para ello, fundó un taller de restauración catedralicio bajo la dirección técnica del maestro vidriero Guillermo Alonso Bolinaga, de esta manera Juan Bautista Lázaro rompió con las prácticas destructivas del siglo XIX e impuso un criterio metodológico radicalmente moderno y respetuoso.
Un método que se basó en conservar todo el vidrio medieval original posible y limitar las intervenciones a la limpieza, reposición de plomos y la reconstrucción fiel de las piezas insalvables. En apenas siete años, este equipo logró consolidar e instalar con éxito todo el programa iconográfico de la catedral, tal y como explica Aránzazu Revuelta Bayod en su artículo "La restauración de las vidrieras medievales de la Catedral de León a finales del siglo XIX".

Además, tal y como remarca el reportaje monográfico 'La Gran Restauración' de la Revista Catedral de León, Juan Bautista Lázaro ejecutó todas las obras de acabado pendientes necesarias para que el templo volviera a la vida pública, pavimentando los suelos, reforzando las cubiertas de las naves bajas, los cerramientos, la restauración del coro y la reinstalación de los retablos y las rejas artísticas.
Por último, aparece la figura del arquitecto local Juan Crisóstomo Torbado, quien trabajó codo con codo junto a Juan Bautista Lázaro en la fase final; Juan Crisóstomo Torbado no solo supervisó los meticulosos remates de cantería y las obras de acabado interior, sino que su profundo conocimiento del templo garantizó que cada pieza encajara a la perfección para la ansiada reapertura del 27 de mayo de 1901.
Esqueleto de piedra y muros de cristal
Si existe una característica que distingue a la Pulchra Leonina de cualquier otro monumento leonés es su extraordinaria luminosidad. Inspirada en los grandes modelos góticos franceses, la catedral fue concebida para que la luz inundara el interior a través de enormes ventanales y vidrieras.
Su nave central alcanza los 30 metros de altura, creando una sensación de verticalidad que dirige la mirada hacia las bóvedas. El sistema constructivo gótico, basado en arbotantes, contrafuertes y pináculos, permitió descargar el peso de los muros y abrir grandes superficies acristaladas, una auténtica revolución arquitectónica para la época.
La estructura exterior muestra algunos de los elementos más característicos del gótico: arbotantes que transmiten los empujes de las bóvedas, contrafuertes que aseguran la estabilidad del conjunto, pináculos que rematan las líneas verticales y gárgolas que cumplen funciones decorativas y de evacuación de aguas.

El incendio de 1966 y la gran restauración contemporánea
Pese a la 'Gran Restauración', no fue la última vez que los leoneses sufrieron por la integridad de la Catedral de León, pues hace 60 años, el 29 de mayo de 1966 un rayó cayó sobre el templo leonés afectando gravemente a las cubiertas del templo y a parte de sus torres.
Las primeras señales de humo no tardaron en hacerse visibles, y en pocas horas las llamas habían alcanzado la antigua estructura de madera de los techos superiores. El suceso llegó rápidamente a las autoridades del momento, movilizando incluso al Gobierno central, que activó los primeros recursos para su intervención.
En el interior del templo, canónigos y responsables eclesiásticos organizaron con rapidez la evacuación de los fieles y la puesta a salvo del patrimonio más sensible, mientras se coordinaba la actuación de bomberos de León y de otras ciudades.
Entre las decisiones claves destacó la actuación del arquitecto Andrés Seoane, que conocía todos los entresijos que conformaban la Catedral de Santa María lo que hizo que el gobernador le pusiese al frente de los trabajos de extinción. Una de las actuaciones que más se recuerda fue el uso del agua, que no debía ser usada directamente en las bóvedas con el objetivo de no comprometer la estructura pétrea del edificio.

La estrategia permitió que el incendio se extinguiera tras consumirse la madera de la cubierta, evitando daños estructurales irreparables en las bóvedas góticas. El incendio inició una nueva etapa decisiva para su reconstrucción y consolidación de la estructura afectada.
Las intervenciones, financiadas por el Estado español a través de los presupuestos de la Dirección General de Bellas Artes del Ministerio de Educación y Ciencia, con aportaciones complementarias de la Diputación de León y el Ayuntamiento de León, se centraron en la reposición de las cubiertas, la estabilización de las zonas más dañadas y la restauración progresiva de los elementos decorativos y vitrales.
Unas obras que se prolongaron en el tiempo, combinando una recuperación de técnicas tradicionales con soluciones estructurales modernas, garantizando así la seguridad del edificio sin alterar su valor. Gracias a este proceso, el templo recuperó su pulcricidad y se mantuvo como uno de los grandes referentes del gótico europeo.
Piedra esculpida en catequesis: El universo simbólico del acceso occidental
La fachada occidental constituye una auténtica lección de arte medieval. Flanqueada por dos torres, la Torre Norte o de las Campanas y la Torre Sur o del Reloj, alberga tres grandes portadas que introducen al visitante en el universo simbólico del cristianismo medieval.
La Portada de San Juan, la Portada del Juicio Final y la Portada de San Francisco conforman uno de los conjuntos escultóricos más destacados del gótico español. Sobre ellas se abre un gran rosetón, elemento emblemático de la catedral, que representa la visión medieval de la rueda de la fortuna y contribuye a la espectacular iluminación interior.
En la fachada norte destaca la conocida Portada de la Virgen del Dado, mientras que las agujas caladas que coronan parte del conjunto, culminadas en el siglo XV, refuerzan la elegancia vertical del edificio.

El mapa interior: De las naves a las puertas del más allá
El interior de la catedral se organiza en torno a una amplia nave central acompañada por naves laterales, crucero, triforio y una compleja cabecera que rodea el altar mayor.
Especial relevancia tiene el coro, cuya sillería de madera del siglo XV constituye una de las piezas más valiosas del patrimonio mueble del templo. A ello se suma la girola, el conjunto de capillas y el ábside, espacios que enriquecen el recorrido monumental y espiritual por el edificio.
Las diferentes puertas de la cabecera, la Puerta del Apocalipsis, la Puerta del Traslado y la Puerta de la Muerte, recuerdan la riqueza simbólica que impregnaba cada rincón de las grandes catedrales medievales.
El alma de León hecha monumento
Más allá de su valor arquitectónico, la Catedral de León representa uno de los principales emblemas culturales de la provincia. Su imagen forma parte del paisaje urbano, de la identidad colectiva de los leoneses y de la proyección turística de León en el exterior.
Ocho siglos después de su construcción y más de 180 años después de su declaración como monumento histórico, la Pulchra Leonina continúa fascinando por la armonía de sus proporciones, la delicadeza de sus formas y la extraordinaria relación entre piedra y luz que la ha convertido en una referencia universal del arte gótico.
Con ella comienza este recorrido por los Bienes de Interés Cultural de la provincia de León, un patrimonio excepcional que constituye uno de los mayores tesoros del territorio leonés.

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