Un 71,7% de los estudiantes de Grado de la Universidad de León afirma haber experimentado síntomas de ansiedad o depresión en algún momento, mientras que el 56% señala que no participa en actividades, asociaciones o clubes, lo que “limita sus posibilidades de interacción”. Ambos datos invitan a la institución a “reflexionar” y preguntarse “qué se puede hacer para que esta situación cambie”.
Así lo resaltó hoy la rectora de la Universidad de León, Nuria González, durante la presentación de los resultados de la primera fase del estudio ‘Prevalencia de la soledad no deseada en estudiantes de grado de la Universidad de León’, elaborado por la Escuela Universitaria de Trabajo Social, del que son coautoras las investigadoras Amparo Martínez Mateos y Lucía Llamazares Sánchez, ante el convencimiento de que la responsabilidad de la ULE no se limita solo a formar a los estudiantes, sino que también debe atender las realidades que condicionan su experiencia universitaria y desarrollo personal.
Nuria González explicó que la Escuela de Trabajo Social inició hace años una línea de investigación sobre la soledad, primero centrada en personas mayores, pero que posteriormente se observó que también crecía la preocupación en los jóvenes, lo que llevó a la necesidad de conocer qué estaba ocurriendo y cómo se sentían los estudiantes de Grado para poder hacer un diagnóstico.
De esta forma surgió el estudio sobre la soledad no deseada en estudiantes de la Universidad de León, que, según la rectora, pone en evidencia un fenómeno que requiere el diseño de estrategias e iniciativas para intentar paliarlo. Para ello, abogó por potenciar el conocimiento de los servicios universitarios, como el Programa de Apoyo Psicológico y la participación en asociaciones, clubes y actividades, que ayudan a reducir este fenómeno aunque, según señaló, no están siendo suficientes.
Resultados del estudio
El estudio sobre la soledad no deseada en los estudiantes de Grado de la ULE realizó 370 cuestionarios a 9.643 estudiantes del Campus de Vegazana de la Universidad de León, aunque “está pendiente su ampliación al Campus de Ponferrada”, con un perfil predominante de “mujeres de entre 19 y 21 años”, que residen en entornos urbanos, viven en el domicilio familiar o en pisos compartidos y cursan ciencias sociales y jurídicas.
“La soledad no es azarosa, sino que responde a factores sistémicos”, afirmaron las autoras del estudio, quienes explicaron que entre los desencadenantes principales se encuentran la hiper demanda académica, cuya excesiva carga horaria desplaza el tiempo de socialización, el distanciamiento de redes previas que genera el duelo por alejarse de los amigos de siempre, los conflictos familiares que debilitan el núcleo y factores personales que dificultan las relaciones.
Amparo Martínez y Lucía Llamazares pusieron de relieve la “preocupante normalización del malestar en el entorno académico”, en unos estudiantes que “separan la salud física de la emocional” y “ocultan situaciones de crisis bajo una apariencia de bienestar”. Así, el 72% de los encuestados califica su salud general de buena o muy buena, pero el 71% ha sufrido depresión o ansiedad, mientras que el 23% ha tenido pensamientos autolesivos. En cuanto a la brecha de ayuda, un 77,4% de los estudiantes que perciben que necesitarían ayuda profesional no sabe dónde acudir, cifra que alcanza el 53,7%.
El estudio revela también que el 15% de los encuestados presenta un grado de soledad no deseada general y persistente, un sentimiento que, “si se cronifica, podría generar serios problemas de salud mental”. Además, el sentimiento de estar solo o desconectado incluso estando acompañado afecta a casi una cuarta parte del estudiantado (23,7%), mientras que la soledad social por ausencia de grupos afecta al 22,1%, aproximadamente una quinta parte del alumnado.
Hoja de ruta
Los estudiantes encuestados demandaron en un 19,3% la creación de espacios de integración, como grupos de convivencia o aficiones, “algo que ya se hace”, mientras que el 10,9% solicitó la reducción de la presión académica, mediante la “adaptación y racionalización de la carga lectiva”; un 9,3% pidió concienciación a través de campañas que desestigmaticen los problemas de salud mental; y un 6,8% reclamó apoyo estructural que “visibilice y financie servicios psicológicos accesibles”.
“No debemos estar preocupados porque sus demandas están ya recogidas, pero sí darle una vuelta a cómo hacerles llegar de manera más efectiva la oferta”, apuntaron las investigadoras, al tiempo que explicaron que han iniciado conversaciones con los Vicerrectorados de Estudiantes, Cultura y Deportes e Inclusión, Igualdad y Proyección Social con el objetivo de “explorar vías de trabajo para intentar diseñar iniciativas que fortalezcan el vínculo y las interacciones entre los estudiantes”.
Estas iniciativas pasarían, según proponen las investigadoras, por generar redes de cuidado con los delegados de clase como agentes de conexión y detección temprana, impulsar los programas de mentoría promoviendo redes de apoyo e integración, abrir una posible línea de formación entre el Personal Docente e Investigador (PDI) y el Personal Técnico, de Gestión y de Administración y Servicios (PTGAS) en relación con la sensibilidad ante estas situaciones y posibles detecciones tempranas, y finalmente crear el Observatorio de la Vida Estudiantil (OVE-ULE) para “realizar un seguimiento del alumnado y garantizar que la respuesta esté basada en datos reales y cuantificables”.
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