La recuperación de una especie amenazada no depende únicamente de liberar nuevos ejemplares en la naturaleza, sino que actuaciones menos visibles, como reducir las causas de mortalidad, restaurar hábitats o mejorar la conectividad ecológica, pueden resultar igual o incluso más determinantes para garantizar la conservación de la biodiversidad a largo plazo.
Esta es una de las principales conclusiones de un estudio desarrollado por el investigador Héctor Ruiz-Villar y el profesor Andrés Ordiz, ambos del área de Zoología del Departamento de Biodiversidad y Gestión Ambiental de la Universidad de León, publicado recientemente en la revista científica ‘Conservation Science and Practice’.
El trabajo discute el papel de las reintroducciones de fauna silvestre, una herramienta ampliamente utilizada en conservación que consiste en liberar individuos de una especie en territorios donde había desaparecido y que “han resultado fundamentales para recuperar especies emblemáticas e incluso evitar algunas extinciones”.
No obstante, los investigadores recordaron que el objetivo último de la conservación no es únicamente aumentar el número de ejemplares de una especie concreta, sino favorecer el buen funcionamiento de los ecosistemas a largo plazo, por lo que defendieron que las reintroducciones deben abordarse con cautela y dentro de estrategias más amplias orientadas a recuperar ecosistemas funcionales y resilientes.
"Las reintroducciones pueden ser imprescindibles en determinadas circunstancias, especialmente cuando una especie se encuentra al borde de la extinción. Sin embargo, antes de liberar animales es importante evaluar si se han reducido las amenazas que provocaron su desaparición y cuáles pueden ser las consecuencias ecológicas y sociales de estas actuaciones", explicó Ruiz-Villar.
Lince ibérico y quebrantahuesos
El estudio analiza varios ejemplos desarrollados en la Península Ibérica, entre los que figura el del lince ibérico, cuya progresiva recuperación constituye uno de los mayores éxitos recientes de la conservación en Europa. Tras sobrevivir únicamente en los núcleos de Doñana y Sierra Morena, la especie ha sido objeto de numerosos programas de reintroducción en distintas zonas de Andalucía, Castilla-La Mancha, Extremadura, Portugal y, más recientemente, Castilla y León y Aragón.
Los investigadores destacaron que estas actuaciones resultaron fundamentales cuando el lince se encontraba en una situación crítica. Sin embargo, señalaron que, una vez demostrada su capacidad para dispersarse de forma natural, cobra especial importancia actuar sobre las amenazas que limitan su expansión y favorecer la conectividad entre territorios.
Además, incidieron sobre la necesidad de evaluar de forma previa a las reintroducciones de ejemplares los efectos sobre otras especies también amenazadas, con las que compartirían hábitat, como por ejemplo el gato montés.
El trabajo examina también el caso del quebrantahuesos, una especie que resistió históricamente en los Pirineos y para la que existen programas de liberación en territorios como los Picos de Europa, la Sierra de Gredos, el Maestrazgo o las sierras del sureste peninsular, que “han permitido acelerar la presencia de la especie en parte de su área de distribución histórica”, aunque los investigadores subrayaron la necesidad de eliminar las amenazas que motivaron su desaparición, como el veneno, antes de acometer nuevas liberaciones.
La tercera especie analizada es el pigargo europeo, sobre el que los investigadores apuntaron que se encuentra en expansión natural por distintas regiones de Europa, por lo que plantearon que parte de los esfuerzos de conservación podrían centrarse en preparar los ecosistemas para facilitar su futura llegada y asentamiento en la Península Ibérica.
Medición del éxito
Una de las principales reflexiones del estudio es que el éxito de una reintroducción no debería medirse únicamente por el número de ejemplares liberados o por la evolución a corto plazo de la especie objetivo, sino que resulta necesario valorar sus posibles efectos sobre otras especies, especialmente aquellas que se encuentran amenazadas, así como sobre los ecosistemas y las comunidades humanas con las que conviven.
"No se trata de dejar de realizar reintroducciones, sino de utilizarlas cuando realmente sean necesarias y dentro de estrategias de conservación integrales, a largo plazo, que permitan abordar las causas profundas de la pérdida de biodiversidad", concluyó Ruiz-Villar.
El trabajo, en el que también participaron los investigadores José María Gil Sánchez y David Álvarez, de las Universidades de Granada y Oviedo, respectivamente, defiende la importancia de priorizar medidas orientadas a reducir amenazas, mejorar la conectividad ecológica y favorecer la recuperación de ecosistemas más saludables y resilientes. En ese contexto, alude a las reintroducciones como una herramienta más, pero no un fin por sí mismas.
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