Después de recorrer la Catedral de León y el Monasterio de Carracedo en las dos primeras entregas de este serial de InfoLeón dedicado a los Bienes de Interés Cultural (BIC) de la provincia, la tercera parada nos conduce hasta un punto medio entre ambas, Astorga.
De esta manera, y dominando la capital de La Maragatería, encontramos en nuestro tercer destino la Catedral de Santa María, uno de los conjuntos patrimoniales más reconocibles de la ciudad, que fue declarada monumento histórico el 3 de junio de 1931.
La silueta de este templo resume siglos de historia, arte y transformación arquitectónica. Un edificio que comenzó a construirse en el año 1471 sobre las estructuras románicas; sin embargo, no se finalizó hasta 1965, cuando se terminó la construcción de la Torre Norte, que había quedado inconclusa.
Como ha pasado con nuestros dos edificios anteriores, la Catedral de Santa María no solo ejerce como templo religioso, pues también sirve como un libro escrito sobre piedra en el que se puede leer el paso del tiempo y la huella de diferentes estilos arquitectónicos sobre sus muros.
Cada elemento de esta Catedral narra una etapa distinta de su evolución, naciendo en el gótico tardío del siglo XV, pasando por el Renacimiento y el Barroco de los siglos XVI y XVII, hasta llegar al Neoclásico de los siglos XVIII y XIX, cuando se completa realmente este monumento histórico.

Cimientos románicos para un sueño gótico
Como ya hemos comentado, la primera piedra de este templo se puso en 1471, pero no se hizo sobre un solar vacío. La primera piedra gótica de la actual Catedral de Santa María se colocó sobre el mismo solar que ocupaba la antigua Catedral románica del siglo XII, consagrada por el obispo Don Sancho en 1144.
¿Y por qué se cambió? La respuesta a esta pregunta es muy sencilla: el antiguo templo se había quedado pequeño, oscuro y anticuado para el auge de la ciudad, en pleno Camino Francés y siendo parte de la Vía de la Plata, por la que muchos peregrinos sureños llegaban y llegan para continuar su camino hacia Santiago de Compostela.
El auge de la ciudad empujó al Cabildo Catedralicio a derribar la estructura románica y así ganar espacio y altura para la nueva obra arquitectónica que había en mente. En este sentido hay dos figuras religiosas que pasaron a la historia, el obispo Álvaro Osorio (que no su sobrino Álvaro Pérez Osorio, primer marques de Astorga) y el obispo García Álvarez de Toledo.
Según explican en la web, Rutas con Historia, Álvaro Osorio fue quien expidió, en 1444, una bula por la que se ponía de manifiesto el acuerdo del Cabildo para comenzar las obras en la antigua catedral románica, que no quedó completamente derruida, pues aún se pueden encontrar algunos restos, como la capilla románica que alberga una imagen de la Virgen o la capilla de Santa Marina, ubicada en lo que hoy es el Museo Catedralicio.

Tras la muerte de Osorio en 1463, su puesto lo ocupó García Álvarez de Toledo, que fue quien el 16 de agosto de 1471 colocó la primera piedra de la actual Catedral de Santa María, tras tomar posesión en un contexto de tensiones políticas.
Y es que el nuevo obispo no lo tuvo fácil, puesto que tan solo seis años antes de poner la primera piedra sobre el solar, el control civil de la comarca había cambiado. El rey Enrique IV otorgó a la familia Osorio el título de Marqueses de Astorga, una concesión que desató una intensa pugna de intereses dentro de las murallas, agravada por los lazos de sangre de la propia dinastía.
Así pues, con el fallecimiento de Álvaro Osorio y el nombramiento de Álvaro Pérez Osorio como primer marqués de Astorga, García Álvarez de Toledo se encontró con un linaje nobiliario hostil hacia la Iglesia, tras los enfrentamientos entre los Osorio.
Uno de aquellos enfrentamientos lo relata la biografía de Álvaro Pérez Osorio de la Real Academia de la Historia: "la demostración de su amplio poder y aspiraciones la dejó patente con su propio tío Álvaro Osorio, obispo de Astorga. En la lucha encubierta que mantenía con su familiar por detentar el poder en la ciudad, asaltó con sus soldados la residencia episcopal, obligando al tío a renunciar a la mitra".
En este ambiente de continuas zancadillas políticas y militares, iniciar las obras de una colosal catedral gótica no fue un mero acto litúrgico. Para el obispo García, levantar un templo de proporciones monumentales en el corazón de la ciudad se convirtió en una declaración de intenciones, una forma de blindar el prestigio, los fueros y la soberanía de la Iglesia.

El relevo de los maestros de obra
Con todo este embrollo político y religioso, el obispo García Álvarez de Toledo no se quedó parado y, para materializar este desafío arquitectónico, contrató a las mentes más brillantes de la época: Juan de Colonia y su hijo Simón de Colonia. Estos maestros de origen germánico, que ya habían alcanzado la fama con la Catedral de Burgos, fueron quienes trazaron las primeras líneas de la Catedral gótica.
Así, Álvarez de Toledo dio un golpe encima de la mesa, pues los Colonia eran los arquitectos predilectos de la alta nobleza de la Corona de Castilla, y su presencia en la construcción hacía que la Catedral de Santa María pudiera “competir” con cualquier otra obra.
Los Colonia dotaron la cabecera del templo con un estilo gótico flamígero, caracterizado por la esbeltez de los pilares y la complejidad de las bóvedas de crucería. No obstante, levantar este coloso de piedra requeriría un tiempo que no tuvieron sus creadores.
Una década después de comenzar la Catedral, Juan de Colonia falleció y su hijo Simón de Colonia se hizo cargo de las obras. Pese a ello, Simón no se encargaba solamente de Astorga, pues, entre otras cosas, fue elegido por Isabel la Católica para rediseñar y culminar la iglesia de la Cartuja de Miraflores en Burgos, participó en la construcción del Colegio de San Gregorio de Valldolid e incluso fue nombrado maestro de obras de la Catedral de Burgos.
Y siete años más tarde, en 1488 fallecía el obispo García Álvarez de Toledo, una fecha que pasaría a los libros por ser el comienzo de una fase de relevos que alteraría para siempre la fisonomía de la Catedral de Santa María de Astorga.
Con la llegada del siglo XVI, las modas arquitectónicas cambiaron, unos cambios que también se dieron en el proyecto. El Renacimiento llegaba a España y grandes genios de esta época artística desembarcaron en Astorga.
Fue el caso de Rodrigo Gil de Hontañón, quién respetó la estructura de las naves góticas pero que dejó impresa de forma indeleble las decoraciones renacentistas, con un lenguaje clásico y plateresco en la portada lateral (1551 - 1557), en la entrada a la sacristía y en los muros laterales que cierran el coro, tal y como explica la propia Diócesis de Astorga.
Es precisamente en este siglo XVI cuando el interior del templo vive una de sus fases más minuciosas. Durante este siglo se lleva a cabo la sillería del coro, dividida en dos etapas, el coro bajo, iniciado en 1520, y el coro alto, forjado entre 1530 y 1548. Un espacio que, junto a la capilla saliente y las esbeltas vidrieras de arco gótico ojival, terminó de perfilar la fisonomía renacentista de las naves.

Otra de las grandes obras que llevan en sí el nombre de Gil de Hontañón es el Retablo Mayor, una de las joyas artísticas más importantes del templo que comenzó a gestarse en el año 1558. Pese a que Rodrigo Gil de Hontañón era el arquitecto, la obra fue creada por Gaspar de Becerra, un escultor natural de Baeza que acababa de regresar de Italia.
Al no ser muy conocido en la Corona de Castilla, tuvo que superar una auténtica prueba de fuego ante el exigente cabildo astorgano: esculpir de forma individual una figura de La Asunción como pieza de muestra. El resultado fascinó tanto a los clérigos que le confiaron el proyecto definitivo, el cual diseñó adaptando matemáticamente el gran armazón a los cinco lados del ábside de la Capilla Mayor.
Aunque el artista labró las figuras principales hasta su muerte en 1568, su taller culminó físicamente la estructura en 1584, dejando las labores de policromía, estofado y dorado final en manos de los maestros Gaspar de Hoyos y Gaspar de Palencia.
Este retablo no es una pieza decorativa más, sino que está considerado por los historiadores del arte como la obra fundacional del estilo manierista-romanista en España, marcando un hito revolucionario para la época.

A medida que pasaban los años y avanzaban los siglos, el gótico y el renacimiento dieron paso al barroco en el siglo XVII. Fue en este periodo cuando, después de los asturianos Pedro de Alvarado y Juan de Alvear, el maestro de obras Pablo Antonio Ruiz asumió la dirección para diseñar la monumental fachada principal, concebida como un gigantesco retablo calado en piedra.
El aire barroco no solo transformó el gran frente occidental del edificio, sino que se extendieron a los accesos laterales de San Genadio y San Efrén. Aires que también dejaron su huella en la Portada Sur o "De los obispos", cuyas puertas datan de 1647 y exhiben cuatro medallones que rinden homenaje a los primeros prelados de la diócesis astorgana.
Esta sucesión de arquitectos, estilos y épocas no solo transformó el diseño del edificio, sino que dejó una huella visible en el propio material de construcción, dando origen al rasgo exterior más célebre de todo el conjunto.

La catedral de los cambios de color
La Catedral de Santa María se ha ganado un nombre entre aquellos que la visitan, la “Catedral de los cambios de color”. Un mote bien buscado ya que todos los cambios de estilo durante su construcción y la diferencia de los materiales usados hicieron que las piedras de este templo también sirvieran para diferenciar quién, cuándo y cómo se llevó a cabo su construcción.
De esta manera, si el visitante planta su mirada y observa la fachada barroca de la Catedral, descubrirá un enigma cromático que salta a la vista. Sus dos torres gemelas no son del mismo color, cuya explicación reside precisamente en el paso del tiempo.
La Torre Sur o “Torre Nueva” comenzó a construirse en el año 1692, terminándose en 1704, y luce un característico tono rosáceo y rojizo. No obstante, la Torre Norte o “Torre Vieja”, que comenzó a construirse en el año 1678, quedó “mutilada” durante cerca de 300 años.
Esta situación provocó que la cantera original de piedra rosácea ya estuviera agotada, por lo que los canteros usaron piedra de un yacimiento distinto, dando como resultado un tono grisáceo y mucho más oscuro en la Torre Norte. Un “juego” de contrastes que revela al visitante parte de su historia.

Y lo que esa piedra confiesa es una historia de asfixia económica y catástrofes naturales. Detrás de la “dura” parálisis de la Torre Norte no hubo un criterio estético deliberado, sino una profunda crisis financiera del Cabildo Catedralicio, que se volvió crítica tras el devastador Terremoto de Lisboa de 1755.
Aunque este histórico sismo afectó a gran parte de la provincia, no llegó a derribar la estructura de la torre, pero sí provocó graves deficiencias y grietas en el claustro y en las naves. Ante la urgente necesidad de consolidar los muros para que el templo no se viniera abajo, las autoridades destinaron todos los fondos a las reparaciones de urgencia, lo que provocó la “mutilación”.
Precisamente, la reconstrucción de estos daños abrió las puertas al último gran estilo histórico que modificó el templo, el neoclásico. Así, el antiguo espacio medieval dio paso a un nuevo claustro de líneas sobrias y elegantes, proyectado por el arquitecto Gaspar López en 1755, al que se sumaría en 1772 la reforma de la sacristía a cargo de José Francisco Terán.
Tras este largo letargo, la Catedral de Santa María no encontraría su solución definitiva hasta el año 1965, cuando el arquitecto restaurador Luis Menéndez-Pidal y Álvarez asumió la dirección de las obras para colocar el actual chapitel de pizarra.
Esta tardía intervención fue la que obligó a los canteros a recurrir al yacimiento grisáceo por el total agotamiento de la veta rosa, dejando esa “cicatriz” histórica visible que sirve como broche de oro del templo.
El contraste cromático de sus fachadas es, en definitiva, una invitación a detenerse ante la gran joya maragata, mirar hacia arriba y “leer” en sus dos colores la tenacidad de un pueblo que tardó cinco siglos en ver completada su obra cumbre, conectando el legado de la Catedral de Santa María con el resto de monumentos que llegaron a la ciudad mientras 'la catedral de los cambios de color', seguía creciendo.






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