Después de recorrer León, El Bierzo y la Maragatería en las anteriores entregas de este serial de InfoLeón dedicado a los Bienes de Interés Cultural (BIC) de la provincia, la cuarta parada nos devuelve a las Tierras de León y nos conduce hasta uno de los grandes tesoros medievales que tiene el territorio.
Entre campos y a la orilla del Esla emerge el Monasterio de San Miguel de Escalada, declarado Monumento Nacional el 28 de febrero de 1886 y considerado una de las grandes joyas del arte mozárabe español.
A primera vista, San Miguel de Escalada no impresiona por su tamaño ni por una monumentalidad desbordante, pero su grandeza se descubre poco a poco. Siendo un monasterio mozárabe, este cuarto libro escrito sobre piedra nos cuenta cómo las culturas que pasaron por la península compartían conocimientos, estilos y maneras de entender el arte.
Hay que alzar la mirada y visualizar el equilibrio de sus formas, el juego de sus arcos y la mezcla de influencias de cada rincón. Adentrarse en este templo es pasar las páginas de una crónica viva de tolerancia e intercambio, donde el eco visigodo, el refinamiento andalusí y la sobriedad románica se entrelazan en un solo espacio.

Las raíces romanas ocultas bajo el suelo mozárabe
Aunque la postal icónica de San Miguel de Escalada evoca de inmediato el mundo mozárabe del siglo X, la historia de este monumento hunde sus raíces incluso seis siglos más atrás. Y es que, durante muchos siglos se creyó que, según la transcripción de la inscripción grabada en el dintel de la puerta del templo que realizó el Padre Risco en España Sagrada (1786), los monjes del siglo X levantaron el templo en el año 913 sobre una pequeña iglesia visigoda en ruinas.
Desde entonces, las nuevas investigaciones han cambiado por completo la visión sobre el Monasterio. Las excavaciones llevadas a cabo en la década de los 80 por la arqueóloga Hortensia Larrén Izquierdo, publicadas en la investigación 'Aspectos visigodos de San Miguel de Escalada (León)', sacaron a la luz una realidad muy distinta.
Según explica la arqueóloga, el subsuelo del templo no escondía un santuario religioso, sino las estructuras de mampostería y estuco de un asentamiento civil tardorromano de los siglos IV y V, que después serviría como área funeraria para los visigodos.
Los monjes que trajeron el sur a León
Fue precisamente en torno al año 912 cuando una comunidad de monjes cristianos, liderada por el abad Alfonso, decidió abandonar Córdoba, el corazón del Emirato Omeya, huyendo hacia el norte, pero no con las manos vacías.
Y es que, tal y como describe el historiador Francisco José Moreno Martín en sus estudios sobre la vida monástica del centro, en su equipaje transportaban el refinamiento, las técnicas y la estética de Al-Ándalus.
Al llegar a las orillas del Esla los "sociis qui ex terra cordobense aduenerant" (compañeros llegados de tierra cordobesa), fueron amparados por los reyes leoneses Alfonso III y García I, que aprovecharon su fuerza creadora para repoblar y asegurar la frontera que suponía el cauce del río.

De esta manera fue como estos mozárabes levantaron un refugio espiritual sobre aquel solar tardorromano y visigodo, dando inicio a lo que acabaría siendo un prodigio para la arquitectura medieval, un templo alzado en apenas 12 meses que plantó, en mitad de la sobria meseta leonesa, un pedazo del sur andalusí.
Esta meteórica construcción quedó bendecida para la eternidad el domingo 20 de noviembre del 914, día en el que el obispo San Genadio de Astorga consagró la basílica, tal y como detalla el investigador Artemio Manuel Martínez Tejera en 'Los epígrafes (fundacional y de restauración) del templum de San Miguel de Escalada'.
No obstante, aquel acto no solo inauguró un edificio, aquella cita sirvió también para consolidar uno de los mayores referentes del arte de la repoblación en la península Ibérica, un espacio donde los saberes constructivos del norte, entrelazados con los que llegaban desde el sur, se fundieron para siempre.
El secreto del triángulo equilátero y sus doce arcos
Al detenerse frente al cenobio, el visitante no se topa con un edificio desproporcionado, sino con un fascinante ejercicio de matemáticas. Si se alza la mirada hacia la sección transversal y el alzado de la fachada, se puede vislumbrar cómo este edificio responde a una estricta proporción geométrica basada en el triángulo equilátero.
El vértice superior de esta figura dicta de forma exacta la altura total de la construcción, mientras que sus intersecciones laterales determinan con precisión matemática la caída de las cubiertas, la colocación de las naves bajas y la altura justa de las ventanas altas.
Esta estudiada armonía visual se prolonga en su elemento más fotografiado, el nuevo pórtico añadido en el siglo X. Una galería exterior que actúa como atrio y que regala a la vista una arquería de doce arcos de herradura.
No obstante, el gran secreto de los arcos radica en su trazo, una herradura de estilo cordobés que se caracteriza por ser mucho más cerrada y peraltada que el arco visigótico tradicional. Además, sobre el muro destacan los delicados modillones de lóbulos volados, unas hermosas piezas de piedra que sobresalen de la estructura para dar soporte a la techumbre de madera.

El velo de piedra que ocultaba lo sagrado
Cruzar el umbral de San Miguel de Escalada es sumergirse en una liturgia medieval que hoy en día está desaparecida. El interior de la iglesia, de planta basilical, sobrecoge por un elemento excepcional en el arte hispano, su iconostasio de triple arco.
Esta estructura, conformada por una delicada celosía tallada en piedra caliza, divide de forma tajante el espacio destinado al pueblo del área presbiterial reservada a los clérigos. Tal y como detalló el historiador del arte Manuel Gómez-Moreno en su obra 'Iglesias Mozárabes', este elemento arquitectónico constituye un testimonio excepcional del antiguo rito hispano
Durante la Alta Edad Media, este triple arco se cegaba por completo mediante cortinas o celosías móviles con un propósito místico, ocultar a los fieles los ojos de los oficiantes en el momento culminante de la consagración, manteniendo el misterio de la liturgia lejos de la mirada del pueblo llano tal y como dictaban las rúbricas eclesiásticas de la época.
Tras este muro de piedra calada se abre la cabecera del templo, configurada por un triple ábside que remata en espectaculares bóvedas de origen bizantino. El espacio interior se completa con ventanas geminadas en forma de ajimez, ventanas partidas por una fina columna central, y el hallazgo en el subsuelo de antiguos sarcófagos visigóticos, que recuerdan la reutilización funeraria que tuvo este enclave siglos atrás.

El broche del siglo XII
El cenobio que se puede admirar en las Tierras de León no se detuvo en el periodo mozárabe, pues su historia continuó evolucionando al compás de los tiempos. Hacia el año 1050, bajo el mandato del abad Sabarico, la comunidad creció sustancialmente, pero el verdadero vuelco histórico y estilístico llegó en el año 1155.
En esa fecha, el rey Alfonso VII donó el monasterio a los monjes agustinos de San Rufo de Aviñón. Según detallan las investigaciones de María de los Ángeles Utrero Agudo y el historiador Francisco José Moreno Martín, fue bajo la dirección de la nueva orden cuando el cenobio vivió una profunda renovación, adaptándose a las corrientes europeas.
De esta manera, el monasterio transicionó hacia el románico, un estilo que dejó su huella en el extremo oriental del edificio. En ese punto es donde se levanta la torre románica, un robusto y defensivo campanario de sillería que contrasta de forma radical con la 'ligereza' mozárabe.
El 'Análisis arqueológico del conjunto de San Miguel de Escalada: de monasterio altomedieval a monumento histórico-artístico' de María de los Ángeles Utrero Agudo confirmó que a los pies de esta gran 'mole', y compartiendo el mismo lenguaje arquitectónico de la época, se adosó en el siglo XII una pequeña capilla dedicada a San Fructuoso.
Esta última adhesión terminaba un ciclo constructivo extendido durante siglos, en los que la piedra sirvió como un nexo de unión entre la tradición andalusí que tuvo que emigrar hacia el norte por el control musulmán y la sobriedad del Reino de León, que moldearon la identidad de estas tierras de la provincia.

Adios a los monjes: Una visita turística obligada
El final de la vida monástica en la ribera del Esla no llegó de golpe, sino a través de un lento y doloroso declive. A partir del siglo XIV, las crisis agrarias y las terribles epidemias de peste mermaron la comunidad de monjes, siendo el golpe de gracia el ocurrido en el año 1835 con la desamortización de Mendizábal.
Los últimos religiosos agustinos se vieron obligados a abandonar el cenobio para siempre. Sus celdas, su claustro y sus estancias habitacionales fueron expoliadas y reducidas a escombros. Aquel desalojo forzoso silenció para siempre los cantos litúrgicos y dejó al templo huérfano de su comunidad original.
El adiós de los monjes transformó el monasterio en un fósil arquitectónico desierto. Hoy la grandeza de la visita radica precisamente en experimentar ese vacío y esa quietud sobrecogedora. Ya no hay códices iluminándose, pero el visitante actual puede caminar entre las columnas sintiendo la misma solemnidad que aquellos hombres del siglo X, un viaje en el tiempo donde el viajero sustituye al monje, custodiando con su mirada la memoria de un lugar que se resiste a ser olvidado.
Despojado de su vida comunitaria por los avatares de la historia, y nombrado Monumento Nacional 50 años después de la desamortización, las piedras que levantó el abad Alfonso con el saber andalusí siguen en pie, desafiando el paso del tiempo en mitad del paisaje leonés.

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