Los BIC de la provincia con bisturí 3D (VII): La Basílica de la Encina, el 'faro' que custodia a la patrona del Bierzo

Los tesoros patrimoniales de la provincia también tienen cabida en las grandes ciudades y es en la capital del Bierzo donde se alza un 'faro' que sirve de resguardo para la patrona de la comarca, la Basílica de Nuestra Señora de la Encina

Los BIC de la provincia con bisturí 3D (VII): La Basílica de la Encina, el faro renacentista que custodia a la patrona del Bierzo
Los BIC de la provincia con bisturí 3D (VII): La Basílica de la Encina, el faro renacentista que custodia a la patrona del Bierzo
José Martín | Dativo Rodríguez
06 de Julio de 2026
Actualizado: 06 de Julio de 2026 a las 20:09
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Los tesoros patrimoniales de la provincia también tienen cabida en las grandes ciudades, de la manera que la Pulchra Leonina enbellece León, en la capital del Bierzo hay un 'faro' que no solo muestra la belleza de Ponferrada, si no que también sirve de resguardo para la patrona de la comarca, la Basílica de Nuestra Señora de la Encina.

Y es que tras adentrarnos en el misticismo y el silencio de Santiago de Peñalba, esta séptima parada del recorrido que realizamos en InfoLeon por los Bienes de Interés Cultural (BIC) de la provincia, tenemos que detenernos en el corazón del Bierzo, en un templo que cuenta con protección oficial por integrarse en el Conjunto Histórico de Ponferrada y que fue declarada BIC el 6 de noviembre de 2025.

 

Todo el conjunto se alza como un prodigio en el que el Renacimiento se funde con la monumentalidad del Barroco y aunque su fisonomía exterior está dominada por una imponente torre que se alza como el gran faro visual de la ciudad, su interior custodia una rica distribución de capillas, un retablo mayor excepcional y la venerada imagen de "La Morenica".

A diferencia del aislamiento de los antiguos eremitas de los Montes Aquilianos, la Basílica de la Encina se erige como el epicentro de la identidad y la devoción de todo El Bierzo. Su evolución constructiva nos permite desgranar los secretos de un templo que comenzó a fraguarse en los siglos finales de la Edad Media y que se ha consolidado como una parada imprescindible en la historia de la provincia.

 

Basílica de la Virgen de la Encina (4)
Monumento a la Virgen de la Encina frente a la Basílica | Daniel Merino

 

El milagro de la madera: Entre el Temple y las raíces del Bierzo

 

Si queremos comprender el verdadero origen de este templo, la historia nos obliga a desenredar los lazos que unen la expansión medieval con los relatos del siglo XVII, pues el nacimiento de este enclave espiritual está estrechamente relacionado con el desarrollo urbano de Ponferrada en el siglo XI.

Fue en el año 1086 cuando el obispo Osmundo de Astorga mandó construir el Puente de la Puebla (también conocido como de Cubelos, Mayor o el Ferro) para facilitar el tránsito de los peregrinos del Camino de Santiago y fue allí, al calor de este paso estratégico y de la población que se asentó a sus orillas, donde consagró a finales del siglo XII la primitiva iglesia de Santa María.

Aquel modesto templo románico se convirtió en el primer hogar de la Virgen y en el corazón religioso de la villa durante toda la Edad Media. Con el paso del tiempo, el fervor de ponferradinos, bercianos y caminantes hacia una talla medieval no dejaba de crecer, hasta el punto de que la vieja estructura románica terminó por quedarse pequeña ante la riada de fieles.

Y fue cinco siglos más tarde, en el siglo XVII, en pleno apogeo constructivo y espiritual del nuevo templo, cuando la devoción popular y las crónicas de la época buscaron fijar un origen grandioso para su patrona, vistiendo la historia con los ropajes de la leyenda templaria.

Según dicta la tradición, la talla fue traída desde Jerusalén por Santo Toribio en el siglo V y, ante las invasiones sarracenas, habría sido ocultada en los montes bercianos. El hallazgo de la imagen se sitúa, según la tradición, en torno al año 1200, cuando los monjes-soldados de la Orden del Temple talaban madera para ampliar su fortaleza defensiva y un hachazo abrió en canal el tronco de una encina que terminó por revelar la efigie de la Virgen.

Sin embargo, las investigaciones histórico-artísticas desvelan un enigma cronológico. Los estudios de la historiadora Pilar Sáenz de Tejada Fernández confirman que la verdadera talla medieval original desapareció, posiblemente robada o destruida en el último tercio del siglo XVI, coincidiendo con el desmantelamiento de la vieja estructura románica.

Basílica de la Virgen de la Encina (1)
Torre de la Basílica de la Virgen de la Encina | Daniel Merino

 

Lo que convierte a la imagen de "La Morenica" que preside hoy el altar mayor en una obra de imaginería renacentista, encargada a comienzos del siglo XVI para sustituir a la pieza perdida. Del mismo modo, Sáenz de Tejada asegura que la advocación y el nombre de "Nuestra Señora de la Encina" no aparecen en ningún registro histórico o administrativo anterior a 1630.

Este cruce entre la fe y el mito caló tan hondo en la comarca que traspasó los límites de la villa hasta llegar a la Corona. El magnetismo de sus prodigios llevó al rey Felipe V de España a emitir un mandato oficial, ordenando al Deán de Astorga viajar a Ponferrada para celebrar una misa solemne en acción de gracias por el feliz parto de la reina.

Al mismo tiempo, le pidió que abriera una investigación jurídica eclesiástica para certificar y registrar de forma rigurosa los milagros atribuidos a la patrona. Todo ese minucioso proceso real quedó protegido para siempre en las páginas de un precioso manuscrito de 1707, custodiado en el Archivo Parroquial bajo la signatura Libros 150.

Fue entonces cuando Ponferrada intentó, sin éxito, que el templo fuera erigido en Colegiata; una ambiciosa petición que, aunque no se logró, firmó el acta de madurez de un santuario cuya trascendencia ya desbordaba por completo su pasado medieval.

Para entonces, la vieja y estrecha estructura románica conocida como Nuestra Señora de la Plaza, Nuestra Señora de la Villa o simplemente Santa María ya era historia, Ponferrada se había desprendido de su antiguo molde para levantar un imponente y grandioso templo de corte renacentista diseñado expresamente para albergar la efigie de "La Morenica".

 

 

Un siglo entre andamios: Del sueño renacentista al triunfo barroco

 

Para comprender cómo se llegó a ese año de 1707 que relata el manuscrito parroquial, la crónica nos obliga a rebobinar la cinta del tiempo y regresar 140 años atrás. El viaje constructivo comenzó a fraguarse en 1567, cuando el Obispado de Astorga autorizó el desmantelamiento de la vieja e incómoda parroquia medieval.

Solo seis años después, en 1573, comenzó a grabarse en piedra la fisonomía del templo actual bajo las directrices de Juan de Alvear. Como recalcan las guías de patrimonio de la Junta de Castilla y León, Alvear volcó en Ponferrada la misma maestría clasicista que ya había demostrado en las obras de la catedral astorgana.

El arquitecto trasmerano concibió una estructura de cruz latina bajo los rigurosos cánones del Renacimiento clasicista, ejecutando los recios muros perimetrales de la cabecera y asentando los primeros pilares exentos. Sin embargo, el avance del gran coloso berciano se topó pronto con el endémico mal de la época, la falta de liquidez de la fábrica del templo, que ralentizó drásticamente los ritmos de ejecución durante las primeras décadas del siglo XVII.

El mirador de la Torre de la Encina de Ponferrada y el museo de la basílica abrirán sus puertas a lo largo del mes de julio | Daniel Merino (InfoBierzo)
Basílica de la Virgen de la Encina | Daniel Merino

 

La parálisis obligó a replantear el destino de la obra, abriendo paso a una enriquecedora sucesión de directores que convirtieron el santuario en un laboratorio estilístico vivo. A partir de 1612, tomó el testigo el arquitecto Pedro Álvarez de la Torre, quien se encargaría de rematar el crucero renacentista y diseñar los cimientos de la futura torre antes de que las penurias económicas congelaran de nuevo el proyecto.

El verdadero impulso definitivo y el consecuente viraje estético llegaron a mediados de la centuria. Las investigaciones recogidas por Sáenz de Tejada en su monografía 'Una villa del Barroco: Ponferrada en el siglo XVII' desvelan cómo las obras ganaron vigor gracias a las mandas de los fieles y a la llegada de nuevos maestros canteros.

Fue en este contexto, hacia 1648, cuando Juan Bautista de Velasco modificó los planos originales para proponer un cambio drástico hacia un espacio de tres naves, aunque finalmente el constructor Lucas de Ligar retomaría con éxito la esencia de las trazas de Álvarez de la Torre. Esta amalgama de técnicos trasmeranos y leoneses introdujo en el santuario la monumentalidad y el juego ornamental del barroco.

El cierre de este largo capítulo constructivo no se firmaría hasta finales de la centuria. Tras más de un siglo de andamios y esfuerzos, las espectaculares bóvedas de crucería estrellada del crucero y las bóvedas de cañón con lunetos de la nave se cerraron definitivamente en el año 1699.

La meticulosa cronología que detalla la propia Basílica de La Encina certifica que, a las puertas del siglo XVIII, el cuerpo principal del edificio estaba terminado. Nacido bajo la simetría renacentista y madurado al calor de la fuerza espacial barroca, el interior de la basílica quedaba listo para acoger sus grandes tesoros artísticos, mientras el exterior aguardaba una metamorfosis que cambiaría su silueta para siempre.

 

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Basílica de la Encina

 

El faro del Bierzo: El rayo que esculpió una silueta icónica

 

Esa metamorfosis exterior que aguardaba el templo tuvo como protagonista absoluto a su elemento más visible, la gran torre monumental, el auténtico faro civil y religioso de Ponferrada. El viaje de este coloso comenzó en 1612 bajo las trazas de Pedro Álvarez de la Torre, aparejador de la catedral de Astorga.

De aquellos heroicos inicios queda un testigo de piedra excepcional que el visitante aún puede leer en la pared exterior, "Siendo correjidor de esta vylla por su magestad, el doctor Gutiérrez de Molina, se començó esta torre. Año de 1.614".

Sin embargo, los altísimos costes ahogaron la fábrica del templo y obligaron a detener las obras. La parálisis fue tal que, en 1616, el carpintero Pedro de Miranda tuvo que colocar las campanas de forma provisional en un hueco del primer cuerpo inferior, ya que el campanario propiamente dicho aún no existía.

Hubo que esperar hasta 1670 para que Lucas de Ligar, respetando los planos originales, rematase la estructura con un esbelto chapitel ochavado de madera y pizarra asentada en forma de escamas. Pero el destino y la meteorología berciana se aliaron para cambiar la estampa urbana para siempre.

Ocurrió a las ocho de la tarde del 4 de julio de 1736, en medio de una feroz tormenta de verano, una "centella" impactó directamente contra la aguja, desatando un incendio que calcinó el armazón de madera y rompió una de las bóvedas principales de la iglesia.

 

Diseño de la torre de La Encina de Pedro Álvarez de la Torre
Diseño de la torre de La Encina de Pedro Álvarez de la Torre

 

La reconstrucción, financiada gracias al obispo José Flórez Osorio y culminada entre 1750 y 1754, huyó del viejo diseño apiramidado para abrazar el triunfo del Barroco. Se añadió un nuevo cuerpo de campanas coronado por un elegante tambor octogonal y un cupulín de piedra de clara influencia gallega.

El resultado fue, y es, una estructura de 45 metros de altura que fusiona a la perfección el primer cuerpo clasicista con la teatralidad barroca superior. Hoy, tras ser automatizadas en 1983, sus muros custodian un formidable juego de 16 campanas con nombres propios tan sugerentes como Santa Bárbara, encargada secularmente de tocar a fuego, la Pascualina o la de la Coronación.

Todas ellas permanecen resguardadas bajo la silueta del dragón de forja que corona la veleta alta, el guardián de hierro que vigila los vientos y la historia de Ponferrada. Más allá de la esbeltez de su torre o la majestuosidad de las campanas, la fachada de sillería del templo ofrece una parada obligatoria para los caminantes.

Los peregrinos que cruzan la plaza homónima en su avance por el Camino de Santiago pueden contemplar la Cruz de la Victoria, un emblema que conecta el edificio con las raíces históricas de la diócesis astorgana y que sirve de bienvenida antes de cruzar el umbral.

 

Retablo Mayor de la Basílica de la Virgen de la Encina | Basílica de la Virgen de la Encina
Retablo Mayor de la Basílica de la Virgen de la Encina | Basílica de la Virgen de la Encina

 

Oro, madera y devoción: El tesoro artístico que custodia "La Morenica"

 

Y es que al cruzar el umbral de la basílica el visitante se sumerge en una atmósfera donde la penumbra clasicista resalta la opulencia de sus tesoros interiores, dirigiendo inevitablemente la mirada del visitante hacia el presbiterio. Allí se alza la indiscutible obra cumbre del templo, un majestuoso Retablo Mayor ejecutado en las primeras décadas del siglo XVII que se posiciona como un exponente excelso de la escuela de Gregorio Fernández.

Este coloso de madera tallada y dorada, estructurado en tres calles con relieves que narran de forma teatral las escenas de la vida de la Virgen, sirve como el marco escenográfico perfecto para albergar, en su hornacina central, la venerada imagen de "La Morenica". A los pies de este gigante barroco destaca el fastuoso frontal de orfebrería salmantina del siglo XVIII, una soberbia pieza de plata labrada cuyo brillo metálico rompe la calidez de la madera y aporta una luminosidad escenográfica única al altar.

Más allá de la Capilla Mayor, el inteligente diseño de su planta de cruz latina, concebida originalmente con una amplia nave única, se estructuró mediante un sistema de contrafuertes internos. Como desvelan las investigaciones históricas de Sáenz de Tejada, los huecos generados entre estos pilares no se destinaron a panteones privados de la nobleza, sino que fueron aprovechados por la propia fábrica del templo y las cofradías locales para canalizar el fervor de toda la comarca, financiando retablos que funcionaban como una auténtica catequesis visual para el pueblo berciano.

Un claro ejemplo de este esfuerzo colectivo arranca a los pies del templo con la quietud del baptisterio, que da paso a una rica sucesión de altares laterales donde el visitante puede contemplar el altar del Santo Entierro y el familiar altar de la Sagrada Familia.

 

Retablo Mayor de la Basílica de la Virgen de la Encina | Basílica de la Virgen de la Encina
Retablo Mayor de la Basílica de la Virgen de la Encina | Basílica de la Virgen de la Encina


A continuación se abre la Capilla del Sagrario, originalmente dedicada a San Andrés, que alberga un retablo herreriano de gran sobriedad geométrica que contrasta con la exuberancia decorativa del altar de las Ánimas y de Nuestra Señora del Carmen, una teatral obra ejecutada por el maestro Andrés de Saldaña en 1660.

Este último espacio, originalmente dedicado a San Andrés, alberga un retablo herreriano de gran sobriedad geométrica que contrasta con la exuberancia decorativa del altar de las Ánimas y de Nuestra Señora del Carmen, una teatral obra ejecutada por Andrés de Saldaña en 1660.

Esta delicadeza dialoga de forma directa con la cercana Capilla de la Purísima, el devoto altar de la Inmaculada, el del Sagrado Corazón y, muy especialmente, con el transepto del templo. Es en este brazo cruciforme donde el santuario esconde su conexión física más profunda con los mitos que lo vieron nacer, el Cristo de la Fortaleza.

Esta talla del siglo XIV, que según la tradición local presidía la capilla del Castillo de los Templarios, actúa como un cordón umbilical que une la fortaleza militar con el corazón de la basílica. Cada una de estas estancias periféricas, cubiertas con complejas bóvedas que emulan el gran cierre de las naves finalizado en 1699, expande la experiencia artística del santuario, consolidando que el interior se comporte como un museo vivo de la fe berciana.

 

Los secretos tras el espejo: los detalles ocultos del santuario

 

Para un ojo menos habituado al arte eclesiástico, el recorrido de la basílica concluye ante las naves de sillería, pero el diseño de este templo invita a detenerse en los rincones cargados de misterio. El secreto mejor guardado de este edificio se esconde a la espalda del altar mayor, el ostentoso camarín barroco.

Este espacio privado, concebido como una cámara de honor para la patrona, es un rincón prácticamente desconocido para el gran público que solo abre sus puertas durante las fiestas de Ponferrada, los días 8 y 9 de septiembre. Es allí donde los maestros del siglo XVIII desplegaron un juego escenográfico puramente barroco, revistiendo los muros con una profusión de espejos decorativos diseñados para multiplicar la luz de las velas y reflejar la devoción desde todos los ángulos posibles.

 

Una réplica de Nuestra Señora la Virgen de la Encina de plata se descubre en el camarín, tras el Altar Mayor | Basílica de la Virgen de la Encina
Una réplica de Nuestra Señora la Virgen de la Encina de plata se descubre en el camarín, tras el Altar Mayor | Basílica de la Virgen de la Encina

 

Precisamente, al adentrarse en la intimidad de este camarín se desvela otra de las sorpresas patrimoniales que custodia la documentación parroquial y que ha analizado el historiador Vicente Fernández Vázquez, la existencia de una segunda réplica de la Virgen de la Encina realizada en plata labrada. Esta refinada pieza de orfebrería convive en el mismo eje con la sillería de madera esculpida donde históricamente se reunía el Abad con sus colaboradores para deliberar sobre los asuntos eclesiásticos de la villa.

El pasado y el presente de esta gestión interna dialogan pared con pared en el complejo de dependencias traseras, donde la estructura de la Sacristía Vieja, que data de 1602, y la monumentalidad de la Sacristía Mayor conviven con el servicio litúrgico que hoy presta la Sacristía Nueva, construida en el año 2001. Se consolida así un diseño arquitectónico que funciona como un laberinto de mensajes donde cada moldura, espejo y forja guarda una página de la historia del Bierzo.

 

Un faro de fe grabado en piedra

 

Más de cuatro siglos después de que Juan de Alvear proyectase sus primeros muros clasicistas, la Basílica de la Virgen de la Encina sigue operando como el indiscutible corazón espiritual de la comarca. Su reconocimiento legal definitivo no llegó mediante un decreto individual para el edificio, sino a través de la declaración del Conjunto Histórico de Ponferrada.

Este expediente administrativo sufrió un atasco de medio siglo desde su inicio en 1975 hasta su aprobación definitiva como Bien de Interés Cultural (BIC). Esta tardanza monumental demostró que, mientras los papeles oficiales dormían en los despachos, fueron los propios ponferradinos y la diócesis quienes custodiaron el templo con su propio celo.

Hoy, convertido en una parada obligatoria para el peregrino y cualquier visitante de la ciudad, el monumento afronta un momento histórico clave con la firma del reciente convenio entre el Ayuntamiento y la Diócesis de Astorga, una alianza estratégica que permitirá la inminente apertura al público del museo de la basílica y de su recuperada torre panorámica, un hito que promete abrir de par en par las puertas de este tesoro monumental.

Con el eco de sus dieciséis campanas resonando sobre los tejados y la mirada de Ponferrada fija en el cielo ante su inminente mirador, que abrirá este mes de julio, se 'apaga la luz' de su faro rindiendo tributo a una obra que no solo es un prodigio de piedra, sino el testigo vivo y eterno del alma de toda la comarca.

 

El mirador de la Torre de la Encina de Ponferrada y el museo de la basílica abrirán sus puertas a lo largo del mes de julio | Daniel Merino (InfoBierzo)
Mirador Básilica de la Encina | Daniel Merino (InfoBierzo)

 

 

 

 

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