Después de adentrarnos en la magia mozárabe, la quinta parada de este serial de InfoLeón dedicado a los Bienes de Interés Cultural (BIC) de la provincia nos mantiene en la fértil ribera del Esla y ni siquiera tenemos que salir del municipio.
Separado por unos 10 minutos de San Miguel de Escalada aparece ante nosotros el sexto libro escrito en piedra que repasamos en el serial, el Monasterio de Santa María la Real de Gradefes, un cenobio único declarado Monumento Histórico el 2 de septiembre de 1924.
Integrado en pleno núcleo urbano de Gradefes, todo lo que se puede vislumbrar desde fuera transmite la sobriedad y la regularidad de la orden del Císter. Sin embargo, al diseccionar su planta arquitectónica se descubre su verdadera grandeza.
Este cenobio destaca en la historia del arte europeo, por ser el único monasterio cisterciense femenino en toda España que cuenta con una girola o deambulatorio en su cabecera, un elemento constructivo que fue diseñado para organizar el flujo de personas y que estaba reservado a los grandes templos masculinos o de peregrinación.
De esta manera, convierte este Monasterio en una maravillosa anomalía nacida de la voluntad y el poder de sus fundadoras. Descubrir este espacio desde dentro vuelve a servirnos para repasar las páginas de una crónica viva en la que la arquitectura de la transición románica, la geometría Císter y la persistencia de una comunidad desafían a los siglos que se entrelazan de forma indivisible.
El origen noble de un señorío con sello femenino
El origen de Santa María la Real está profundamente ligado a un nombre propio, doña Teresa Pérez. Para conocer cómo se gestó este cenobio, hay que retroceder hasta mediados del s.XII y poner el foco sobre el matrimonio de Teresa Petri con el caballero García Pérez, señor de las tierras de Rueda y Cea.
La vinculación de la pareja con este rincón leonés comienza el 25 de agosto de 1151. Según apuntan los documentos recogidos por Alejandro García Morilla en 'Santa María de Gradefes. En torno a los orígenes del archivo y sus datos para su reconstrucción: Un privilegio de 1172', en aquella fecha el rey Alfonso VII el 'Emperador' les otorgó una importante donación por los servicios que prestó el caballero en las batallas de la Reconquista, sobre todo en la de Baeza.
No obstante, el destino del lugar y de la propia Teresa Pérez cambiarían drásticamente con la muerte de su marido en 1166. Al quedar viuda, doña Teresa decidió transformar aquellas propiedades a orillas del Esla en algo más que unas simples tierras, un señorío eclesiástico regido por ella misma.
Apenas dos años después del fallecimiento de su esposo, en el año 1168, la noble leonesa hizo efectiva la fundación del cenobio y lo vinculó a la orden Císter, una de las órdenes más potentes de la época. Así, el monasterio se convirtió en una de las siete filiales del histórico convento navarro de Santa María de la Caridad de Tulebras.
Y es desde Navarra de donde llegaron las primeras monjas bernardas que acompañarían a la primera abadesa del Monasterio. La propia Teresa Pérez, no se limitó a ser una simple benefactora, sino que asumió el cargo con mano firme hasta su muerte en 1187. Durante sus casi dos décadas de mandato demostró una inmensa astucia política, aprovechó los hilos directos con la corte leonesa para que los monarcas colmaran a la comunidad de rentas, propiedades y valiosos privilegios feudales.
Según detalla el investigador Alejandro García Morilla, este proceso de blindaje socioeconómico alcanzó su punto álgido gracias a los favores de monarcas como Fernando II, hijo de Alfonso VII, pues el patrocinio real dio pie a una segunda fase administrativa y jurisdiccional clave para el asentamiento de la abadía.
En ella, mediante un privilegio otorgado el 15 de junio de 1172, los reyes "le liberan de yantares, fonsaderas, acémilas, pechos y pedidos", estableciendo "un área de inmunidad económica" indispensable para su subsistencia. Esta protección regia se consolidó definitivamente a través de la concesión del coto monástico, pues este derecho suponía una diferenciación jurídica de nivel superior, prohibiendo a los agentes del rey entrar en el territorio del monasterio y transfiriendo la autoridad a la abadesa.
Aunque el documento original en latín se perdió, el contenido se mantuvo, y hoy sirve para saber cómo el rey Fernando II blindó aquel señorío con una contundencia tajante, el texto decretaba que todas las heredades presentes y futuras de Gradefes quedasen "para siempre libres y exentas de cualquier tributo real, a saber, de fonsadera, de pedido y de cualquier hacendera". Además, cedió a la comunidad todo el realengo de sus términos "con toda autoridad real por derecho de heredad".
De esta manera, consolidaba un auténtico 'imperio' territorial gobernado por las abadesas a orillas del Esla. Un despliegue de soberanía y recursos económicos que, inevitablemente, también tuvo su reflejo en la ambición y la monumentalidad del cenobio que ha llegado hasta nuestros días y que guarda en sí a aquellos que le dieron su poder, doña Teresa y don García Pérez.
La audacia románica de una cabecera inédita
Traspasar hoy los muros de Santa María la Real es enfrentarse a lo que la historiadora del arte Ana María Martínez Tejera define, en la monografía publicada por Románico Digital de la Fundación Santa María la Real, como "uno de los edificios hispanos en el que mejor podemos apreciar la sensación de orden, perfección y esencialidad que rigió la arquitectura de los cistercienses".
Es en la cabecera de la iglesia donde se esconde el gran tesoro, y la gran anomalía, que sitúa este cenobio en los manuales de historia del arte europeo, la girola. Para entender la magnitud que llega a tener este elemento, hay que recordar la estricta regularidad y austeridad geométrica que caracterizaba a la orden del Císter, pues todos sus monasterios solían seguir plantas ortogonales y cabeceras rectilíneas que huían de la complejidad ornamental.
Precisamente en ese espacio es donde se cuela el monasterio, pues en Gradefes, el diseño románico original rompió los moldes al levantar un majestuoso deambulatorio semicircular que rodea el altar mayor, abriéndose paso armónicamente hacia el exterior a través de arcos apuntados y cinco capillas radiales o absidiolos
Esta estructura de girola era sumamente compleja y costosa, por lo que estaba reservada, casi en exclusiva, a las grandes catedrales o a las iglesias de peregrinación. Una estructura que comenzó a realizarse para acoger la gran afluencia de estos lugares sin interrumpir el oficio de los monjes o las misas.
Por todo esto, su presencia en un monasterio femenino de estricta clausura se erige como una solución arquitectónica "excepcional, por única, entre los femeninos, incluso entre los franceses" y que, sin duda, evidencia la ambición de la fundadora y el enorme nivel técnico de aquellos que trabajaron en su construcción.
Durante aquella primera fase constructiva se aprecia con nitidez en el complejo sistema de cubiertas creado para sostener el templo, soluciones arquitectónicas que demuestran un profundo conocimiento de la geometría de la época. Al adentrarse en la iglesia de este monasterio, el visitante puede alzar la mirada y buscar estas soluciones, pues las bóvedas de la girola y las de las tres crujías de la nave se cerraron con bóvedas de arista; sin embargo, la Capilla Mayor y el absidiolo del centro se techaron con paños cóncavos erigidos sobre nervios.
Para soportar y distribuir estos empujes, los constructores levantaron un robusto sistema de pilares formados con medias columnas adosadas, logrando un equilibrio perfecto entre la solidez cisterciense y la elegancia del románico final.
Un prodigio de la cantería que, sin embargo, vio frenada su ambiciosa proyección original e impidió la completa ejecución de sus naves, obligando al complejo a transformarse durante las siguientes centurias.
Una metamorfosis extendida en siglos
Esa parálisis constructiva obligó a que el cenobio se convirtiese en una obra lenta que tardaría hasta 500 años en ver su fisionomía rematada. En su investigación, Ana María revela que el proceso constructivo se llegó a extender hasta el S.XVII cuando se concluyeron el coro y la nave principal. De este modo, aquella ambiciosa proyección impulsada por la abadesa Teresa Pérez quedó reducida a una estructura donde solo se añadieron el primer tramo de muros proyectados, dejando escrita en su piedra que "la construcción de estas últimas se debió de paralizar a poco de iniciadas las obras".
No obstante, las piedras del templo también guardan en su registro de los diferentes maestros que intentaron reactivar el proyecto a lo largo de las centurias, siendo el más destacado fray Sancho "tal vez monje de Sandoval", quien "tenía la obra" entre 1239 y 1242. Su figura es relevante para los investigadores ya que podría explicar los nexos que unen el Santa María la Real y el Monasterio Santa María de Sandoval, especialmente visibles en los elementos de los nervios o en los elementos ornamentales de los capiteles.
Tras las intervenciones y el impulso de fray Sancho el Monasterio de Santa María La Real se toparía con una situación que no había vivido con la abadesa Teresa Pérez, la falta total de presupuesto. Los problemas económicos de este señorío obligaron a congelar las obras, condenando al edificio a un letargo que se prolongaría hasta tres siglos más adelante. Fue este el motivo por el que las monjas decidieron tapiar de forma provisional la cabecera románica para poder aislarla y consagrarla.
Tal y como pasó con la Torre Norte de la Catedral de Astorga, el cenobio quedaba 'mutilado' y reducido al espacio de la girola y el altar, donde la comunidad celebró todos sus oficios durante la Baja Edad Media. Con la llegada del siglo XVI, la abadía recuperó el suficiente poder económico para reactivar a los canteros que comenzarían con una nueva fase de ampliación. Fue entonces cuando se derribó el muro provisional y comenzaron a trazarse las naves hacia los pies de la iglesia, expandiendo el espacio que había quedado limitado desde el medievo.
Y no sería hasta una nueva fase un siglo más tarde, ya a las puertas de la modernidad y bajo el influjo de los estrictos cánones clasicistas, cuando el monasterio logró saldar definitivamente su histórica deuda con la arquitectura. Fue en el siglo XVII cuando se llevó a cabo la "construcción del coro monástico en la nave central", una monumental obra de carpintería y cantería que se añadió al tramo existente para dotar a la comunidad bernarda de un espacio definitivo de recogimiento.
El claustro y la Sala Capitular: El latido de la clausura
Si la iglesia representa la escala monumental del Císter, las dependencias residenciales situadas al sur del templo custodian la memoria de la vida comunitaria y cotidiana de las monjas bernardas. Este complejo habitacional sufrió profundas transformaciones, hasta el punto de que muchas estancias medievales se sustituyeron por "sencillas dependencias" que definen la austeridad y sencillez del claustro actual, donde según Ana María, "se abren simples arcos de medio punto sobre pilar" que responden a la estructura medieval de las crujías pero sólo la del este "conserva restos medievales".
Es precisamente en esa galeria oriental románica donde se abre paso la joya de la clausura, la Sala Capitular, que fue concebida como el espacio de reunión indispensable para la comunidad bernarda. Bajo esta premisa los constructores diseñaron una "entrada monumentalizada" que repite las soluciones tradicionales de la orden cisterciense, pues el acceso principal cuenta con un arco "ligeramente apuntado" que aparece "flanqueada" por tres vanos apuntados y de altura uniforme "volteados sobre dos y tres pares de columnas que a su vez reposan sobre un zócalo o poyo corrido".
Como testimonio de la solemnidad y el misticismo que envolvía este umbral, el historiador Aurelio Calvo rescató un epígrafe medieval hoy desaparecido que estaba tallado sobre la piedra de la entrada y que rezaba "PAX IHC / INTRANTI / SINT PROSPERA / CUNCTA PRAECANTI", cuya traducción evoca una bienvenida eterna: "Paz a quien aquí entra. Todo sea favorable a quien ora y suplica".
La rebelión del bestiario y el misterio de las "Theotokos"
El último gran secreto de Gradefes reside en la decoración esculpida de sus muros, un apartado donde los canteros medievales desafiaron la sobriedad ornamental y el purismo estricto propugnado por San Bernardo. Aunque gran parte del repertorio se ciñe a la geometría cisterciense de hojas lisas y cestas acampanadas, la cabecera del templo esconde numerosas licencias artísticas.
De hecho, en el presbiterio se mezclan representaciones del Bestiario con bustos e incluso un ángel, alcanzando su máxima expresión en el capitel de la absidiola, donde se cinceló una escena del Nuevo Testamento, la "Huida a Egipto".
Esta riqueza visual se extiende al importante museo que alberga el cenobio, cuyo catálogo custodia piezas devocionales de un valor incalculable. Entre ellas sobresale una Theotokos, la representación canónica de la Virgen como Madre de Dios y Trono de la Divinidad, tallada en madera en el siglo XIII y que roza el metro de altura.
La imagen muestra a la Virgen portando una esfera que simboliza su naturaleza inmaculada, mientras sujeta a un Niño Jesús que "bendice con la mano derecha mientras que con la izquierda muestra un libro abierto".
La colocación de los elementos encierra un profundo significado, pues según analiza Ana María, al estar la mano en actitud de bendecir, "el Niño lleva el Libro no como Juez sino como Maestro", portando una filacteria donde se lee "el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros".
Este es el broche de 'oro' artístico para un monumento que ha aprendido a resistir los envites del tiempo ya que, a diferencia de los otros dos monasterios que hemos repasado y que sufrieron el abandono total, la comunidad bernarda de Gradefes logró defender con uñas y dientes su patrimonio.
Tras superar los zarpazos de las desamortizaciones, los obligados exilios temporales en los que las monjas fueron desalojadas de sus muros y el desgaste de nueve siglos, el monasterio permanece plenamente integrado en el tejido urbano de la localidad y se alza como un testimonio vivo de aquellas monjas del s. XII, cuyas hermanas de clausura siguen custodiando y llenando de vida esta joya patrimonial en la actualidad.
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